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Cuentame Tu Historia II


  1. Por Todos los Buenos Momentos.

Personaje que puede controlar el tiempo, que cada vez que viaja al pasado pierde un recuerdo.

Mi nombre es Noah, cuando era niño, mi padre siempre me decía que yo estaba destinado a cargar con el don de la familia, me resultaba peculiar que hablase de “cargar”, como si fuese una maldición, algo que tendría que soportar, y que a la vez lo llamase “don”. Pero yo solo tenía siete años, y mi padre siempre fue un tipo raro desde mi punto de vista, y el del resto de mi familia.

Cuando mi madre murió, empecé a entender cual era exactamente eso “don” del que hablaba mi padre, yo podía controlar el tiempo, podía viajar atrás en él. Así que pasaba la mayor parte de mi tiempo, regresando con mi madre, una y otra, y otra vez. Pero claro, eso no era tan sencillo.

Cada vez que regresaba a esos “tiempos mejores”, en los que mi madre me abraza, y me arropaba cada noche, perdía un recuerdo. Una vez, estuve a punto de olvidar a mi padre, que murió a los siete años, de olvidarme a mi mismo, fue entonces cuando me prometí a mi mismo, que no volvería a pasar. Que era el momento de pasar página.

Yo tenía diecinueve años, y allí estaba ella. Cara, era la chica más preciosa que había visto nunca. Con su pelo largo, como hilos de oro, sus ojos claros como el cielo a primera hora de la mañana. Se convirtió en mi vida, pasábamos horas y horas juntos. Era mi único motivo para levantarme de la cama desde el accidente que se había llevado a mi padre... y era lo único que soñaba cuando me iba a la cama.

La convertí en mi mundo, y eso acabó por agobiarla, ahora que lo pienso es normal; cada vez que salía con sus amigas, yo me quedaba en casa, como un cachorro abandonado, me hacía un ovillo en la cama, y me quedaba esperándola, miraba el móvil, por si me hablaba, y me quedaba en silencio mirando al techo, esperando oír la cerradura, para salir a su encuentro nada más llegar.

El día que me dejó, sentí de nuevo ese dolor tan familiar de las pérdidas, primero mamá, luego papá, y ahora Cara. Ahí comenzó mi momento de autodestrucción, todo había acabado para mí. Ya no quería ser Noah. Retrocedí en el tiempo, tanto como pude; mamá y papá me llevaban a la playa, la primera cita con Cara, mi sexto cumpleaños en Disney World, el primer beso, nuestra primera noche juntos.

Por primera vez, me atreví a ir más allá, llegue al 25 de Mayo de 1986, la boda de mamá y papá, eran tan jóvenes, estaban tan guapos, y yo aún no había nacido. Veía sus rostros, alegres, eternos, sus ojos brillaban tanto, que podrían haber eclipsado el firmamento. Entonces empecé a marearme, algo no iba bien. Salí de la iglesias con muchos esfuerzos, un sudor frío me bajaba desde la frente hasta la nuca, ¿Qué me estaba pasando? Por más que intentaba respirar, cada vez parecía más difícil, el pecho me ardía.

Caminaba con dificultad, por las calles, pedía ayuda, pero la gente parecía no verme. Me agarré a una farola, y me miré a duras penas en un escaparate; estaba encorvado hacia delante, me temblaba el cuerpo, mi cara parecía estar adoptando una forma poco humana. Me incorporé y traté de cruzar la calle, oí un claxon sonar muy cerca. El autobús estaba demasiado cerca.

… … …

  • ¡Está abriendo los ojos! - Chico, chico, ¿Me oyes?
  • … mmm … ¿Dónde estoy?
  • En el hospital, has tenido un accidente, pero ya estás fuera de peligro, soy el doctor Arnold, no llevabas documentación encima, y no hemos podido contactar con nadie, ¿Cómo te llamas?
  • Mi nombre es... Mi... Mi nombre... Mi nombre es...

El doctor, y las dos enfermeras se intercambiaron una mirada compasiva, mientras yo hacía esfuerzos inhumanos por tratar de recordar quién era, pero por mucho que buscaba en las entrañas de mi mente, solo encontraba vacío. Vacío y la palabra “Autobús”.


Pero no creo que ese fuera mi nombre.

Cuéntame tu historia I




Camina por la calle cubierta por un manto de nieve. El clima es frío, como él.  El ajetreo de la ciudad lo pone tenso. Aunque últimamente todo lo hace. Marco es fuerte. Pero está roto. Se cree lo suficientemente valiente como para seguir viviendo, aunque no sabe por qué. Mientras vaga sin rumbo, con su aire desgarbado, sin ganas de continuar avanzando, observa a las personas con las que se cruza, parecen felices. Tienen motivos. O quizá no. Pero sonríen. Él en cambio, ha perdido su sonrisa en alguna parte, y no tiene ganas de buscar.

Llega al puente. Un puente decorado por esa absurda moda de los candados. Hay muchos nombres en ellos, y el suyo no está en ninguno, porque no tiene a nadie a quién jurarle amor eterno. No sabe porque está allí, pero inconscientemente sus pasos lo han arrastrado al precipicio. Su vida pende de un hilo. Un hilo que desea cortar de una vez por todas... Se aproxima a la baranda, está congelada, con la mano descubierta arranca un trozo de hielo y nota como se derrite en su mano entumeciéndola.

¿Seré feliz algún día? Se pregunta. Pero es demasiado orgulloso para responderse. Mira hacia ambos lados. Nadie... Quizá este sea el momento... Está a punto de ponerse en pie sobre la endeble baranda cuando una voz en su cabeza le advierte de que tal vez no muera. No puede jugársela. Cuando lo haga debe ser definitivo. Vuelve a sumergirse en sus pensamientos y camina, otra vez sin rumbo. Sin ganas. Con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Camina porque no le queda más remedio.

Empieza a nevar. Los copos caen sobre su pelo castaño, y no se molesta en cubrirse con la capucha, no se molesta por zafarse de ellos, y continúa vagando, convirtiéndose en una especie de árbol de navidad triste y taciturno. Pasa frente a un escaparate y se ve reflejado, y se odia. Se odia más que de costumbre... Se odia desde el día en que por accidente la mató.

La recuerda a cada hora, a cada hora que no piensa en el suicido. La sueña cada vez que duerme. Cada vez que sueña que no muere, sueña con su rostro marchito por las llamas. 
Era un día de nieve, como hoy, y querían ir a la montaña y hacer muñecos de nieve. Las clases podían esperar. Nadie es joven eternamente. O eso dicen. Ahora ella siempre será joven... 
La moto. El exceso de velocidad. La carretera cubierta de hielo y nieve. El camión. Un despiste. La moto que se le escapa. La colisión. La fuga de gasolina. Un chizpazo. Fuego. Fuego que no derrite la nieve. Fuego que atraviesa las capas de ropa. Fuego que arde. Que quema. Fuego que se la lleva. Fuego que provoca cicatrices que no se irán. Fuego que marca para siempre la vida de Marco.

Ha pasado exactamente un año. Y de nuevo. Presa de su subconsciente se encuentra en ese cruce donde el destino quiso llevársela. ¿Por qué a ella y no a mí? Se pregunta, aunque no tiene tiempo de responderse a sí mismo. Porque no ve el coche que se sale de la carretera y se lo lleva por delante...

Tal vez puedan reencontrarse, tal vez le pida perdón. Tal vez se cuenten lo que no tuvieron tiempo.

"Tal vez haya sido mejor así" - Se dice así mismo antes de que su corazón se apague para siempre.