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Te Robo Una Frase IV

La persona que había al otro lado era una mujer joven. Muy obviamente una mujer joven. No había manera posible de confundirla con un hombre joven en ningún lenguaje, especialmente en braille. ­– Terry Pratchett – Mascarada

Darius, era ciego. Ciego, presuntuoso, malhumorado, desaprensivo, agresivo. Era de esas personas que nadie desea, bajo ningún concepto, tener a su lado. Marilyn, era su mascota, una perrita mestiza a la que encontró en la calle, unos pocos meses antes de perder del todo la vista. Darius, tenía muchísimo dinero, invirtió gran parte de su fortuna en operaciones y tratamientos experimentales, pero nada consiguió evitar que su mundo se tiñiese de negro.
Siempre dijo que quería ser independiente, que no se haría valer "de un chucho mugriento para hacerse camino en el mundo", pero Marilyn se hizo un hueco en su vida con un par de lametones.

Ya hacía casi un año, que había dejado atrás un mundo, del que ya no se sentía parte. Hacía meses que no sabía que era estar con una mujer. Su trato humano se limitaba a pedir una copa en algún bar, y esa situación rara vez se daba, porque la pobre perrita no era bien recibida en aquellos antros de mala muerte. 

Darius, era un tipo afortunado, pero aún, no lo sabía... Era una fría mañana de invierno, de esas que lo último que te apetece es salir de la cama. Marilyn llora, deseosa por salir. Su dueño se revuelve en la cama. Los persistentes ladridos de su perra, lo hacen abrir los ojos. Aunque la diferencia no es mucha. Pasa de una negrura cegadora, a una ceguera normal y corriente. Tantea la mesa en busca de las gafas, ya es rutinario. Pero a pesar de todo, sigue sintiendo una punzada en el estómago cuando las alcanza y se las pone. No hay cambios perceptibles. No siente nada. Acaricia la cabeza de su mascota, y su tacto hace que se calme.

- Ya voy, chica, ya voy.

Se ha acostumbrado a vivir a oscuras. Y con una habilidad impresionante, se acicala,  se viste, y sale a la calle. Al principio, se arrepiente de no haber cogido unos guantes, o una bufanda. Pero después comprueba que no hace tanto frío.

La verdad es que es un hombre atractivo, roza los treinta y seis años, tiene el pelo rubio, que le cae en mechones despreocupados por la cara, una boca carnosa y dientes perfectos. Las gafas de sol, le dan un aire interesante, y sus movimientos seguros hacen casi imperceptible su ceguera. El baston lo delata, y por eso a veces, cuando va con Marilyn, no lo usa. Quiere sentirse normal, aunque no lo sea.

Se sienta en un banco, quiere encender un cigarrillo, pero repara en que es una estúpidez, ya nadie fuma. Todos saben que es malo. "Peor que ser ciego" se dice a sí mismo. Nota como alguien se sienta a su lado, y gira la cara. "Que estúpidez", A su lado se sienta la oscuridad de siempre. Pero con olor a mujer guapa. Por que sí, porque las mujeres guapas, huelen de forma distinta.

La verdad es que sí, La persona que había al otro lado era una mujer joven. Muy obviamente una mujer joven. No había manera posible de confundirla con un hombre joven en ningún lenguaje, especialmente en braille. Oye como la mujer se mueve.
- Hola, bonita, ¿Es este hombre tu dueño? - Darius imagina que le habla a Marilyn. - Mi nombre es Avalanna.- Dice girándose hacia él. Le tiende una mano, pero él no responde ante su gesto. - Oh, disculpe, no me había percatado de que es usted...
- ¿Ciego?
El silencio incómodo rellena cada recoveco del banco en el que ambos se encuentran. 
- Disculpe, no quería parecer grosera.
- Ser sincero, no es ser grosero. - De repente ambos sonríen, y aunque Darius no puede estar seguro, presiente que ella también está a gusto.

- ¿Te invito a un café y olvidamos lo ocurrido? - Dice ella.
- ¿Qué dices, chica? - Finge hablar con la perrita - ¿Nos dejamos convencer?
Marilyn ladra, y se dan por satisfechos.

Las casualidades están tejidas con el mismo material que los sueños. Con buena suerte.


Te Robo Una Frase III

Hay momentos en la vida en los que la única manera de salvarse a uno mismo es muriendo o matando. —Julia Navarro —Dispara, yo ya estoy muerto.

Ya no había días felices. Una sombra los había eclipsado. Me levantaba, seguía una odiosa rutina de sofá y cama. De helados, croissants, chocolate y cafés. Cada día parecía más igual, y más horrible que el anterior. Era como si no hubiese noches, porque no conseguía dormir. Tenía ojeras, que ya parecían inherentes a mí. No sabía cuando me habían salido, pero tenía la sensación de que no se irían jamás... Todo empezó el día que salió de mi vida, el día en que me dijo, que ya no quedaba nada que nos uniese, que todo aquello que habíamos vivido se había vuelto un recuerdo vago para él, como un mal sueño cada vez menos nítido. Y yo estaba ahí, hecha un lío, tratando de comprenderlo, de no romper a llorar, de autoconvencerme de que aquello era una pesadilla y de que estaba a punto de despertar. Pero jamás desperté.
Yo era hija única, huérfana de padre y madre, estaba sola en el mundo. Sola, salvo por él. A él que lo conocí una tarde lluviosa en el Starbucks. Él que cuando me sirvió un Frapuccino de Mocha blanco, escribió en el vaso, "Preciosa" y su número de teléfono. 
Era la primera vez que me pasaba algo parecido y me sentí como en un cuento. Por fin era la protagonista de mi propia película, y por una vez no era de terror...
Aún así, ahora me había abandonado a mi suerte, cuando más enganchada estaba... Y yo a estas alturas ya no puedo vivir... En realidad, si que puedo, pero ¿Para qué? ... Es decir, no tengo familia, ni amigos, ni trabajo, ni estudios... Estoy de ocupa en un piso lleno de mugre, de cucarachas y suciedad... 
No quiero que sintáis pena por mí, ni que me tachéis de cobarde... Yo creo que podemos elegir que hacer con nuestras vidas, siempre y cuando nuestra decisión no afecte a nadie... En mi caso sólo hay una persona que podría echarme de menos y hace más de un mes que no sé nada de él...
Hay momentos en la vida en los que la única manera de salvarse a uno mismo es muriendo o matando. 

... Creo que ya he elegido.


PD: Hoy tengo mi penúltimo exámen, y prometo que a partir de la semana que viene traeré textos novedosos cada día y no sólo mis textos antiguos y las iniciativas. ¡Deseadme suerte una vez más, muñecos!

Te Robo una Frase II

Rodeó la esquina de la mesa y se plantó ante mí. Extendió la mano izquierda y me levantó la barbilla. —Raymond Chandler —La hermana pequeña.

Caminábamos descalzos por el fino hilo que separa la cordura y la locura. Nos prometimos amor eterno. Amor para siempre durante un breve período. Porque él me abandonó a mi suerte y yo me abandoné a secas.

No era un día cualquiera. Era jueves, y a mí me gustan los jueves. Íbamos a vernos. Necesitaba estar con él. Verlo. Sentirlo. Acariciarlo. Perderme en sus ojos azulados y morderle el labio inferior. Juguetear con su pelo cobrizo y recorrer su espalda con la punta de los dedos. Cuando tocó a la puerta me sobresalté, pero empujada por la alegría de saber quién me esperaba tras aquel viejo tablón de madera salí corriendo de la cocina, y aunque a penas recorrí un par de metros, le abrí casi sin aliento.
- Hola Aubry - Dijo, con el semblante serio.
- Hola Marc - Respondí abrumada por el tono de su voz. Quería lanzarme y besarlo, pero algo me decía que no era el momento. Así que apreté los puños, me mordí el interior de la mejilla e hice un ademán para que pasase dentro.
Una vez en el salón, le sugerí que tomase asiento, pero me hizo un gesto de negación, y en ese momento comprendí que realmente algo no iba bien. 
- ¿Qué ocurre, Marc? - Pregunté.
- Aubry... Tengo que irme.
- ¿Qué? ... Pero si acabas de llegar.
- No, digo irme de la ciudad... Del País.
- ¿Cómo que te marchas? ¿A dónde?
- Es difícil de explicar. Tengo que irme a Noruega por motivos personales... Ya sabes que la mitad de mi familia está allí.
- No puedes irte...- El nudo de mi garganta amenazaba con ahogarme, y yo no estaba dispuesta a luchar demasiado tiempo. Mis ojos enrojecidos por las lágrimas que estaban a punto de empezar a caer sin freno, decían mucho más de lo que yo era capaz de expresar con palabras. Enterré el rostro entre las manos para ocultarme. Y le grité que se fuera. Gracias a dios, no me hizo caso. Rodeó la esquina de la mesa y se plantó ante mí. Extendió la mano izquierda y me levantó la barbilla, enjugó mis lágrimas y muy despacio, con una delicadeza impropia de él, acercó sus labios a los míos para sellar una promesa que aún no me había hecho.
Apenas volvimos a hablar en toda la tarde, yo aun estaba asimilando la noticia.
- ¿Cuándo te vas?
- Mañana. - Otro jarro de agua fría.
- ¿Por qué has esperado hasta hoy paara decírmelo?
- Porque no quería que nada cambiase entre nosotros.
- Ahora todo ha cambiado en una fracción de segundo.
- Lo sé, y lo siento... Pero estos últimos meses han sido maravillosos a tu lado... Aubry... Te...
- No lo digas... - Y el nudo de mi garganta se vuelve de fuego y me abrasa por dentro.
- ¿Me olvidarás? - Pregunta cabizbajo.
- Cada día de mi vida.
Y volvimos a besarnos. Poniendo punto y coma a una historia, que quién sabe, tal vez se vuelva a reescribir con final feliz.





Te Robo Una Frase I


El objeto que sujetaba era un pequeño cilindro con un agujerito en la parte superior. Se lo acercó a la nariz y lo olió. — Isaac Asimov – En arena estelar  

Estaba sentado dándome la espalda, creo que no se percató de que yo había entrado en la habitación hasta que lo llamé por su nombre. Tenía algo en la mano derecha. El objeto que sujetaba era un pequeño cilindro con un agujerito en la parte superior. Se lo acercó a la nariz y lo olió. Enarqué una ceja.
-¿Qué es? - Pregunté.
-¿A caso importa? - Pude sentir el dolor saliendo de su boca, aún no me había perdonado, y probablemente entrar en su casa sin permiso no ayudaba a mejorar la situación. - Quiero que me devuelvas las llaves de casa.
-He venido a disculparme.
-Es tarde para disculpas. Dame mi llave.
Él no lo había notado pero yo llevaba su llave colgada al cuello de una larga cadena, para mí era algo muy importante. Recuerdo perfectamente el día que me la dio.
Estábamos en la cama, después de una noche maravillosa, me dijo que yo era lo único que deseaba tener a su lado cada día por la mañana, y yo le prometí que haría todo lo que pudiese para serlo. Entonces noté como se giraba, y acto seguido me echaba el brazó por encima. Puso ante mis ojos esa pequeña llave, yo sonreí y él dijo; "Quiero que seas tú la que me sorprenda cada día". Yo lo besé, y así sellamos la promesa de querernos. 
Desde entonces siempre he llevado esa llave colgada al cuello. Hasta hoy. Cometí un error, como todos alguna vez, aunque hay fallos más graves que otros...
En mi caso, se me ocurrió decirle que no lo quería. Mentí, por supuesto. Pero se lo dije, se lo dije porque tenía miedo, y ahora temo que jamás me perdonará...
Y es que si se pilla antes a un mentiroso que a un cojo... Yo debo ser la excepción más estúpida a la regla.


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