A ver si me acuerdo bien.
Era algo así como nervios sazonados con un poco de miedo. Acompañados por una sabrosa guarnición de locura y una salsa de éxtasis que embotaba los sentidos. Unas cuantas ilusiones que sabían a gloria, con una pizca de alegría, de esa que te hace querer saltar de la mesa y bailar hasta quedarte sin fuerzas. Recuerdo unos vibrantes latidos de un corazón esquizofrénico, algo que le daba un sabor inigualable a la comida, y unas ralladuras de pasión y canela. Dulce, tentador. También una brocheta de risas, lágrimas, temblores y caricias. Una mezcla explosiva de sabores que te hacían sentir cálida y a la vez templada.
Sobre la mesa había unos panecillos de valentía y precaución. Un perfecto manjar, tanto para los que somos demasiado cobardes para expresar nuestros sentimientos, como para los que son demasiado osados para controlarse.
Una jarra repleta de ilusiones, con burbujitas de sueños por cumplir, que hacían cosquillas en la garganta. Me gustaba esa sensación.
Recuerdo el plato sobre el que estaba servido el menú principal, era de porcelana, hecho a mano y horneado con esmero, con el cariño que pondría una madre.
Aquel bonito paisaje, sentados en una mesa orientada al mar donde se ahogan las dudas que tiempo atrás no me dejaban respirar. En una estancia decorada con velas que se consumen llevándose consigo penas y reproches.
Él que era mi única compañía, su risa que se convirtió en la banda sonora del momento. Y yo;
- Mi vida - Le dije. - No tengo hambre - Me miró serio y enarcó una ceja esperando que continuase. No me hice de rogar - Pero si tu me dejas, me encantaría comerte a besos.


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