Eres algo así como el frío del invierno que se me ha anudado a la garganta en forma de bufanda. Una bufanda que no me calienta, que me ahoga. Eres la golondrina que anida en mi balcón y me canta por las mañanas. A sabiendas de que odio los pájaros y que esa canción me pone triste.
Eres un espejismo en el desierto de mi vida, ahora que ya no estás. Que no sé cuando volverás. Y es que me ha dado por echarte de menos. Echarte de menos más. Más porque este vacío que crece y me devora es cada vez más difícil de llenar.
Tengo que aprender a sobrellevar el no tenerte. No saberte. No oirte. Tengo que dejar de lado los comodines, los clavos. Los personajes de transición. Viajantes viajeros que ocuparán tu lugar hasta que vuelvas... Pero yo... Yo que he nacido bajo las ganas de encontrar el amor, de saberse perdido en unos ojos ajenos, nacida bajo las ganas de sentir, de dejarme llevar... Ahora muero esclava de unos besos que no me has dado aún, los que recuerdos que no tenemos. Porque de nuevo te has ido. Te has ido sin mí. Sin nosotros. De nuevo, me duelo.
Y miro a un lado y a otro, y me pregunto si te fallo cuando estoy con otra persona, si las ganas son de ti. Que el frío aprieta y me escondo en otros brazos, en otros besos.
Perdona si te invento en otra cara, que la tuya ya está borrosa, en otro cuerpo. En otra cama. Perdona si te sueño, y no te busco...
Perdona y olvida, que yo me encargo de recordarte. Que no saldrá el sol tantos días como para que deje de quererte (mío). Pero mientras siga nevando, tu recuerdo se congelará y tal vez me duelas menos, o tal vez te piense más... No sé.
Cada café tendrá tu aroma y cada vez que pase por la Estación me acordaré de ti, porque los inviernos no me hielan el corazón.

