No hay dos sin tres. Tengo una pendiente. Me la debes.
Suspira. Mira el reloj. Tiene miedo al tiempo. Nota como se le escapa de las manos y por más fuerte que cierre los puños, no consigue detenerlo. Mira al techo y se pregunta si lo ha hecho bien. ¿Es feliz? Ella cree que si. Sonríe. ¿Eso es felicidad, no? No lo sabe. No está segura. El cristal está empañado. Dibuja un corazón . Recuerda su sonrisa. Lo borra. En realidad, no podía haberlo hecho mejor.
Y aún así piensa que quizá no haya sido suficiente. Por suerte ha sabido dejar la puerta entreabierta. Quizá pueda volver a entrar en un futuro, o dejarlo salir. Tal vez pueda acabar lo que empezó.
Creo que se aferra a ello y por eso sigue sonriendo. Estúpida. Se resiste a desprenderse de las personas, como se resiste a tirar los bolígrafos sin tinta.
Y al fin después de meses de guerra, sin tregua ni cuártel. Meses en los que el olvidé hasta mi nombre, volvió. Y cayó la tercera. La que me debías. Se hizo de rogar...
Y no, no fue la vencida. Porque cuando tienes las espectativas tan altas, al final no se cumplen... Y te quedas ahí, arrodillada frente a tus ganas, con surcos en las mejillas, cansada de luchar por nada. Cansada de las bajas, de todos a los que perdiste por aventurarte en una guerra cuya victoria no tenía un fin en sí misma.
Y lo siento por mí, por ti, y por todos... Que lo he intentado hasta no poder más. Y es que ya no puedo ni conmigo, ni sin ti.

